Una noche con Botzanga|Miroslava De la Cruz

MIENTRAS DORMIA SENTÍ JUNTO AL OIDO UNA VOZ SUSURRANTE ¡BOTZANGA, BOTZANGA!

Me dio escalofríos e inmediatamente abrí los ojos, miré a mi alrededor, asegurándome de que no hubiera nadie en la habitación, al rectificar que me encontraba sola, sentí una gran pesadez en los ojos por lo que bostecé y no tardé en conciliar el sueño.

Al despertar pensé en lo ocurrido, mientras me vestía seguí pensando sobre esa voz me pareció extraño, por lo que llegue a la conclusión de que se trató sobre algún mal sueño, miré el reloj junto a la ventana, tomé mis libros y salí corriendo de casa sin darme cuenta que llevaba los calcetines de diferente color, al llegar al trabajo mi jefe me miró los pies, así que baje la mirada para ver que había hecho mal, en efecto mis tenis estaban llenos de lodo le sonreí e inmediatamente puse los tenis a un lado de la puerta para poder continuar con mi camino.

Al llegar a la puerta saqué las llaves de uno de los libros para poder abrir, prendí las luces, regué las plantas mire todos los libros que formaban parte de este espacio que me hacían amar mi trabajo, respiro hondo para oler el aroma que desprendían, abrí los brazos y me incliné ante el conocimiento escrito que se encontraba en los libros: ¡Sean bienvenidos a un día más de su existencia! Exclamé.

Prendí el ordenador mientras me preparaba el café matutino, me senté mientras tomaba un sorbo que casi escupo frente a la pantalla al ver la palabra botzanga, me sorprendí por lo que mi reacción inmediata fue decir, que buena broma mientras continuaba tomando mi café. 

Después de unos minutos empecé a temblar de frío o de miedo, no sabía la razón con exactitud, me encontraba sola y aburrida después de un tiempo como todos los días.

En eso entra Dana, me miró y exclamó ¡pero qué pálida estás mujer! Quién te asustó, por lo que asumí que ella me hizo la broma. Le dije, está vez si rebasaste los límites dime de dónde sacaste la palabra botzanga, me miró con más extrañeza ¡pero de qué me estás hablando mujer!, sin darnos cuenta de que escuchaba nuestro jefe: ¡ay, mujeres no puedo creer que no conozcan la palabra teniendo aquí un trabajo honorable de nuestro Temoayan!

Al ver nuestras reacciones continuó, se cuenta que hace mucho tiempo el guerrero botzanga cuidaba de todos los habitantes de Temoayan, un día mientras luchaba con aquellos que querían saquear las riquezas que se encontraban resguardadas, apareció entre la niebla un hombre con una túnica, por lo cual dejaron de luchar, al ver tan misterioso hombre.

Éste les dijo, todo aquel que quiera las riquezas de mi tierra tendrá que pasar por el camino correcto, quien lo haga será acreedor a una vida de juventud eterna para poder disfrutar de mis riquezas, botzanga lo miró con rabia lanzándole su macuahuitl, el hombre furioso le dijo cómo te atreves a insultar mi palabra indigno de Temoayan, tu castigo será la condena eterna.

Aquel misterioso hombre miró a los demás exclamando: sean testigos de su condena y esparzan lo ocurrido, abrazo a botzanga desapareciendo con él sin antes mencionar, para encontrar el camino deberán de entrar por aquella puerta señalando la choza de enfrente.

Con el tiempo se construyó una iglesia en el lugar de la choza y se dice que aún sigue esa puerta, aquella persona en atreverse a entrar ha encontrado tres cuevas, por lo que en una de ellas se encuentra nuestro buen botzanga con las riquezas, mientras que en las restantes son un camino sin retorno alguno, ¡pueden creerlo indignas de Temoayan!

Dana me miró diciendo, el guerrero botzanga vino a visitarte, mi jefe le dijo no digas esas cosas son de mal agüero ¡toco madera! se retiró mientras lo decía. 

Dana me dio una palmada en la espalda y se fue, me quedé otra vez sola, pensando, acrecentando mi temor, ¡por qué yo! ¡imposible! Miré el reloj junto a la ventana, vi que ya era hora de salir, apague las luces, cerré la puerta, me despedí de todos, mi jefe no dudo en decirme con una voz burlona, cuídate, le sonreí entre dientes, tome mis tenis y regresé a casa.

Abrí la puerta, al cerrarla pensé, cuántas veces al día llegamos abrir distintas puertas con el único fin de entrar a un espacio, demasiadas respondí así que no debe porque darme miedo, me quité los tenis mirando mis calcetines ¡me encantan! Continúe con mi día haciendo mi rutina de siempre, al caer la noche me aliste para dormir dejándome los calcetines puestos que me acompañaron durante todo el día.

Mientras dormía escuche nuevamente la voz ¡botzanga, botzanga! Me desperté y me di cuenta que estaba en la iglesia ya había abierto la puerta para entrar a las cuevas, me dio miedo, quise retirarme de aquel lugar, mis pies no respondían entré en pánico, quise gritar, pero mi cuerpo seguía sin responder de repente sentí como una fuerza superior me llevaba dentro de las cuevas, al cerrarse la puerta recuperé el control de mi cuerpo e inmediatamente regresé para salir.

 Ya no podía abrir, respiré hondo, decidí tomar uno de los caminos, ya decidida por cual camino tomar entre por una de las cuevas. Inmediatamente la voz me dijo bienvenida, mire mis pies y agradecí de que por lo menos traía calcetines, camine por un largo tiempo, me sentía cansada, con frío, con hambre no sabía cuánto tiempo ya había pasado, no encontraba la salida comencé a llorar de la desesperación me sentía como si estuviera en un laberinto.

Conforme me acercaba pude ver a varias personas en la cueva, me sentí aliviada ¡oh no! ¡no puede ser! ¡acaso ya estoy muerta! Todos tenían la mirada perdida en ese momento perdí la conciencia.

No sé cuánto tiempo pasó, sentí frío, escuche un ave trinar como si estuviera triste o avisándome de que algo malo iba a ocurrir, abrí los ojos no podía creerlo estaba a fuera de mi casa, me hacía falta un calcetín, miré mi brazo tenia marcada una mano, como si alguien me hubiera sujetado además de escribir en mi puerta botzanga. 

Acaso estaba marcada para siempre, miré a mi alrededor con lágrimas en los ojos no había nadie, ya no quería entrar a mi casa, pero tenía frío, llegué a mi habitación y vi en mi buró una moneda de oro, me di cuenta que había vendido mi alma, mientras miraba mi habitación pensé, que tal vez era la última noche que pasaba aquí en mi lugar de descanso.

No podía dejar de llorar, amaba mi habitación tan cálida, llena de colores sobrios y su simplicidad, no podía creer lo que estaba pasando, miré mis manos, el pánico estaba regresando al ver como iba desapareciendo poco a poco, había llegado mi fin.

Todo se oscureció de momento, después de unos minutos se escuchó el tic tac del reloj, abrí los ojos, ya era de mañana y estaba acostada en la cama con los pies descubiertos, me hacía falta un calcetín tenía sucios los pies, mire el buró para ver si permanecía la moneda en efecto ahí estaba, me quedé sin palabras, me vestí, salí de casa, llegué al trabajo pálida, temblorosa se dieron cuenta del estado en que llegué, les conté todo, no me creyeron, los miré desconcertada ante su reacción.

Ustedes creen lo que ocurrió esa noche …

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