Ojos de niño|Sara Robles 

Homicidio en primer grado. Intento de privación de un órgano de los sentidos. Los ojos, para ser más exactos. La víctima: un menor de edad, había declarado que su padre luchó por defenderlo al ver las intenciones del escritor. Un disparo en la cabeza y trazas de materia encefálica salpicaron las paredes. 

El detective pasó las fotografías asqueado. La escena por sí sola daba arcadas, pero verla en papel era aún más desagradable. Pasó una mano por su frente, masajeando levemente las sienes, intentando encontrar una respuesta lógica. Llevaba años con aquel empleo y seguía sorprendiéndole cómo un hombre empapado de mundanidad pudiera, en cuestión de segundos, convertirse en psicópata. 

¿Su argumento? Necesitaba ojos de niño, y la solución más sencilla era sacándoselos a uno. Cuando lo sorprendieron, la mano del acusado aún oprimía uno de los globos oculares del pequeño y le habría arrancado ambos, si la policía hubiera tardado un poco más. 

Con pereza, pasó los papeles uno a uno hasta llegar a la breve declaración que había tomado uno de los agentes. «Las indicaciones eran sencillas. Si cumplía con ellas podría llegar a convertirse en una obra maestra. Tenía que crear un hombre joven, con ojos de niño y pensamientos enredados en el silencio. El plazo para entregar el bosquejo se acababa y aún faltaban los ojos de niño.»

La mente de un filósofo bastó para diseccionar sus pensamientos y acomodarlos a su figura. Una tarde al aire libre, con la sonrisa extraviada y la pluma al punto fue suficiente para apropiarse de una voz joven. 

Y aún faltaban los ojos de niño. Había pasado meses observándolo. Tenía la inocencia y la picardía en la mirada. El brillo perfecto, el matiz exacto. Tras varios intentos, logró entrar a la casa y haciéndose pasar por un escritor de renombre, logró envolver al padre y al hijo en tres metáforas placenteras. 

Una copa de vino, la cena a medio terminar y las intenciones del hombre cortaron el silencio. Un movimiento de la mano y sus dedos se clavaron en el ojo del niño que gritó, dividido entre el dolor y la sorpresa. La silla arañó el suelo y un golpe en la sien dejó al hombre aturdido unos segundos. 

Cuando logró enfocar la vista, el niño estaba en el suelo intentando contener la hemorragia que salía de la cuenca izquierda, donde momentos antes, había tenido el ojo. El padre llamaba por teléfono con voz entrecortada.

Un disparo se escapó de la pistola que llevaba en la mano derecha. Un disparo que se mezcló con el grito del niño y con la incredulidad que tiñó su rostro segundos después. La debilidad se apropió de sus miembros y se dejó caer en una de las sillas de la estancia, arma en mano. Miró de soslayo al niño que sacudía a su padre mientras lloraba con un sólo ojo. 

Sangre mezclada con lágrimas. Las voces de personas entrando en la estancia. Un arma apuntándole a la cabeza. Se escucharon arcadas, un ruido desagradable y el olor a bilis perforó el aire. 

“¿Qué ha pasado?” preguntó uno de los agentes apuntando al hombre sentado en la silla.  “¡Contesta!”. El escritor miró al agente con las retinas empañadas y ausentes. “Es culpa mía” murmuró. “Buscaba ojos de niño. Tenía que acabar la historia”

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar
A %d blogueros les gusta esto: